La niebla mortal de Barcelona: huir era solo el principio (Parte.2)
Tras huir del caos desatado por una misteriosa niebla en Barcelona, Adrián cree haber encontrado refugio. Pero algo no encaja. Las dudas crecen, las miradas pesan… y lo que se oculta tras esa puerta cambiará todo.
Adrián, distraído por la llamada, apenas le dio importancia.
Cuando colgó, el silencio se le hizo extraño. Se acercó a la puerta del fondo. Iba a abrir cuando Miguel apareció de golpe delante.
—Mejor no —dijo.
—¿Está bien?
—Sí. Necesita estar sola.
Sonrió apenas. Una sonrisa breve…
—Le he dado algo para calmarla.
—¿Tienes radio o algo?
—No.
—¿Y tu mujer?
—¿Qué mujer?
—Has dicho antes que estaba arriba.
—No tengo mujer.
Adrián sintió un escalofrío.
Se apartó despacio y echó un vistazo al mostrador. Allí vio el certificado de manipulación de alimentos a nombre de:
Andrés Sallent Vilarrubí.
Alzó la vista.
—¿Qué hay detrás de esa puerta… Miguel?
—Ya te lo he dicho…
Se detuvo.
Algo cambió en su cara. La mandíbula se tensó. Los ojos, fijos. Vacíos.
Ambos miraron el cuchillo al mismo tiempo.
Se lanzaron.
El choque fue brutal. Manos, golpes, respiración entrecortada. El acero se le resbaló entre dedos. Adrián sintió un golpe seco en las costillas. El aire se le fue de golpe.
Miguel gruñía. No hablaba. Solo empujaba.
Un golpe contra el mostrador. Otro. El mundo vibraba.
De repente, con una fuerza imposible lo levantó y lo lanzó al otro lado. El impacto le arrancó un gemido de dolor.
Se arrastró por el suelo como pudo. Notaba la boca llena de hierro. Era sangre.
Miguel avanzaba hacia él con el cuchillo, lento pero sin seguro.
Adrián tanteó el suelo. Sus dedos encontraron la barra metálica de la persiana.
Se incorporó a medias. Esperó.
Cuando el otro se lanzó hacia él, descargó el golpe con todo lo que le quedaba.
El impacto fue seco. Cráneo contra metal.
Miguel cayó. El cuchillo repiqueteó en el suelo. Su cuerpo convulsionó unos segundos antes de quedarse quieto.
Adrián se quedó mirando, jadeando, sin creérselo.
Cogió el cuchillo y fue hacia la trastienda.
Lo que vio dentro lo heló.
Un cuerpo a medio despiezar sobre la mesa.
Bea, en el suelo, desangrándose.
El vómito le subió sin control.
Se giró.
Miguel ya no estaba.
Aterrado, comprobó que la puerta de la calle, estaba abierta.
Y la niebla… había desaparecido.
Fuera, el silencio era irreal. Cuerpos esparcidos por el asfalto y las aceras.
Entonces sonó el teléfono.
—¿Quién… es?
—Cariño, soy yo…
Claudia.
Adrián cayó de rodillas. Y lloró.
FIN

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