El asesino de los estigmas - Capítulo 1
🌞 Verano de relatos 2026 en Mundo Pandereta
En una ciudad perdida en su propia decadencia, un misterioso asesino obsesionado con lo divino mantiene en jaque a la policía. ¿Qué pretende conseguir con sus crueles métodos, se detendrá en algún momento?
CAPÍTULO 1: El cuarto cadáver
Hacía semanas que apenas dormía más de tres horas seguidas. Cuando el teléfono sonó, no me despertó. Ya estaba despierto. Era el comisario Gorman que quería verme inmediatamente.
Antes de salir miro la foto de mis dos hijas que tengo en el recibidor. La mayor sigue sonriendo tan feliz igual que el día en que la hicimos. La verdad es que no me hago al silencio que se respira en casa. Cierro la puerta antes de que me dé tiempo a arrepentirme.
Se ha encontrado un cuerpo tirado en un callejón con un clavo de hierro incrustado en el corazón. Otro asesinato más, el que hace número cuatro en el último año.
Por el camino recorro algunas calles en la oscuridad de la noche. Allí donde antes la gente hacía vida nocturna, incluso a esas altas horas de la madrugada, desde hace meses cuesta ver alguien con la suficiente valentía para arriesgarse a salir.
Una fina lluvia empapa el asfalto generando charcos que reflejan la luz de los neones encendidos en algunos negocios, así como el rojo y el verde de los semáforos que me voy encontrando a mi paso. El vapor que sale de las alcantarillas da la sensación de como si la ciudad ardiera en su interior. A un par de manzanas de mi destino, giro dejando atrás la iglesia de San Gabriel, debidamente iluminada y que recibe a esas horas de la noche a indigentes que buscan cobijo, así como algo de consuelo.
Soy detective de policía en esta decadente ciudad. Mi padre fue policía. Mi abuelo también. Nunca contemplé dedicarme a otra cosa.
Llego al lugar de los hechos. La zona está acordonada y hay infinidad de cámaras de televisión y curiosos intentando meter las narices. Después de abrirme paso, logro llegar hasta el comisario que me recibe con cara de pocos amigos y un vaso de café en la mano:
Llego al lugar de los hechos. La zona está acordonada y hay infinidad de cámaras de televisión y curiosos intentando meter las narices. Después de abrirme paso, logro llegar hasta el comisario que me recibe con cara de pocos amigos y un vaso de café en la mano:
Comisario: Por fin llegas Hudson. Estoy hasta los huevos de comerme tus marrones delante de la prensa. Llevas un año detrás de este hijo de puta y seguimos igual.
D. Hudson: Lo siento comisario, he llegado en cuanto me lo comunicaron. ¿Qué tenemos esta vez?
Comisario: ¿Tu qué crees Hudson?, tiene toda la pinta de ser el maldito “asesino de los estigmas”.
D. Hudson: Lo siento comisario, he llegado en cuanto me lo comunicaron. ¿Qué tenemos esta vez?
Comisario: ¿Tu qué crees Hudson?, tiene toda la pinta de ser el maldito “asesino de los estigmas”.
El asesino de los estigmas era el nombre que la prensa le había puesto.
Un agente de policía que acompaña al comisario me informa sobre la víctima:
Policía: Varón, cuarenta y cinco años, separado, sin antecedentes.
Mientras, de fondo se escucha gritar a un periodista:
Periodista: ¡Detective Hudson! ¿Vuelve el asesino de los estigmas a dejar en ridículo a todo el departamento? ¿Cree seguir preparado para atraparlo?
Hago que no he escuchado y sigo caminando.
Hasta donde he llegado a descubrir, nada cuadra con este asesino. No deja pistas, es muy meticuloso y su modus operandi es siempre el mismo.
Intuimos que es una persona cuidadosa que parece no dejar nada al azar. Un solo asesino obsesionado con un mismo ritual, el de flagelar a sus víctimas para, finalmente, clavarles en el corazón un clavo de hierro tipo escarpia. Cada vez que veía aquel clavo no podía evitar pensar en una crucifixión.
Parece que una vez más volvemos a estar en el punto de partida y mi credibilidad como detective por los suelos. Pero algo nuevo surge en la autopsia del último cuerpo. El clavo que en los demás cuerpos había sido incrustado con firmeza, en esta ocasión mostraba algo extraño, según Morgan, nuestro jefe forense del departamento.
Morgan: Odio cuando llegan con agujeros nuevos… disculpa la broma.
D. Hudson: …
Morgan retira la lona que cubre el cuerpo, dejando al descubierto el clavo en el pecho y la sangre seca en la piel. Me muestra la espalda del cadáver destrozada y vuelve a cubrirlo.
Morgan: Esta es la marca del clavo que tiene el cadáver. En los demás cuerpos se apreciaba que entraba con firmeza, pero esta vez se nota que hubo cierta dificultad.
D. Hudson: ¿Puede que estuviera consciente y forcejeara con el asesino?
Morgan: No parece haber indicios de ello. Igual que las otras víctimas, esta fue reducida y sedada sin que pudiera reaccionar. Probablemente no estuviera atinado en ese momento o tuviera algún problema que le dificultara el proceso.
D. Hudson: ¿Iba colgado de algo?
Morgan: Eso no puedo determinarlo sin una muestra biológica. Aunque es la primera vez que no parece tan seguro matando o que algo le ha hecho modificar sus costumbres.
D. Hudson: Tampoco podemos descartar que algo haya cambiado...
D. Hudson: ¿Iba colgado de algo?
Morgan: Eso no puedo determinarlo sin una muestra biológica. Aunque es la primera vez que no parece tan seguro matando o que algo le ha hecho modificar sus costumbres.
D. Hudson: Tampoco podemos descartar que algo haya cambiado...
En las demás ocasiones el asesino parecía no vacilar ni un instante. Igualmente una pregunta sigue retumbando en mi cabeza: ¿qué motivos tiene para castigar de esa forma a gente aparentemente inocente?
Por primera vez en un año, tuve la sensación de que el asesino también podía equivocarse. La única forma de comprobarlo era esperar a que hubiera otra víctima.
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