Norton I: el emperador de San Francisco que se rebeló contra el poder

En los Estados Unidos del siglo XIX un hombre se alzó nada más y nada menos que como Emperador de los Estados Unidos y protector de México.

No lo hizo por la fuerza, ni con ningún ejército detrás o nación extranjera que lo respaldara. Simplemente, un día lo anunció en el periódico local de San Francisco y, sin más, había nacido el primer Emperador no oficial de los Estados Unidos. 

Para unos un loco; para otros, un visionario e inspirador. 

Parece una broma… pero no lo es. Conoce la historia de Joshua Abraham Norton, más conocido como Norton I, el Emperador del pueblo.


¿Quién fue Joshua Abraham Norton, el Emperador de los Estados Unidos?


Joshua Abraham Norton nació en 1818, en Londres (aunque creció en Sudáfrica) y llegó a San Francisco en plena fiebre del oro en 1849.

Joshua no llegó a los Estados Unidos siendo un don nadie; para entonces era un próspero empresario dedicado al comercio y al sector inmobiliario.

No tardó en afianzarse y en apostar por nuevas líneas de negocio, como el comercio de arroz, por el que pujó muy fuerte con la intención de monopolizar el precio del mercado de California. Pero la jugada no le salió nada bien.

En 1853Joshua lo perdió absolutamente todo en mitad de demandas judiciales y juicios interminables que lo llevaron a la ruina económica; una bancarrota no solo patrimonial, también social que lo llevó a verse como nunca hubiera imaginado, viviendo en la calle.

A partir de entonces no se sabe con certeza qué sucedió, pero algo debió romperse dentro de aquel hombre, ya fuera un trastorno mental o que, simplemente, decidió que ya no le quedaba nada más que perder y decidió mandarlo todo a paseo y tomar un camino diferente.

Fue entonces cuando en 1859, publicó en el periódico de San Francisco un anuncio proclamándose:

Norton I, Emperador de los Estados Unidos

Poco tiempo después añadiría a su autoproclamado título el de: “Protector de México”.

Ataviado tan solo con sombrero y un uniforme militar improvisado, Joshua o… ahora sí, Norton I se alzó con determinación y una moral férrea contra el status quo de aquel momento sin golpe de Estado, ni armas, ni seguidores que llenaran las calles y presionaran a la clase política.


El legado de Norton I: un emperador entre la historia y la leyenda


De primeras, muchos lo tomaron como una broma absurda de un loco que no tenía donde caerse muerto; hasta que comenzó a: 

  • Emitir edictos imperiales.
  • Ordenar la disolución del Congreso de los EE.UU.
  • Emitió su propia moneda imperial con su efigie grabada, que muchos comercios de la ciudad aceptaban de forma simbólica.
Todo ello publicado siempre en el periódico de San Francisco.

Pero no era lo único, puesto que fue ganando apoyos entre la gente de a pie gracias a muchas de esas leyes y propuestas anunciadas como:

  • Amenazar con multar con 25 dólares a todo aquel que pronunciara la palabra “Frisco”, en lugar de San Francisco para abreviar. (Nadie pagó jamás, pero consiguió que esa abreviatura quedara en desuso).
  • Proponer la construcción de un puente entre San Francisco y Oakland, décadas antes de que se construyera el Bay Bridge.
  • Defensa de la tolerancia religiosa y racial en una época muy intolerante e injusta en esos términos. (Por ejemplo: ordenó que católicos, protestantes y judíos compartieran ceremonias públicas).
  • Defendía la paz social.
Medidas y leyes simbólicas propuestas y emitidas, que tenían su eco social y que despertaban en la gente humilde y trabajadora de San Francisco simpatías hacia su persona.

Para entonces, Norton I era una personalidad única, respetable y querida en las calles de San Francisco. Este incluso se paseaba por la ciudad inspeccionando el estado de aceras y calles “en nombre del Imperio”, hablando y escuchando a la gente. 


La gente sabía que Norton I no tenía ni un dólar para solucionar nada y que dormía en pensiones baratas o donde podía, pero confiaban en él y la presión que ejercía por y para su pueblo.

La gente de San Francisco lo quería tanto que incluso:

  • Los ciudadanos le saludaban con el respeto que merecía alguien importante.
  • Los restaurantes le daban de comer gratis.
  • Los teatros le reservaban asiento y le pagaban la entrada.
Incluso la policía lo protegía, aunque esto tras una importante polémica que hubo con un joven y novato agente que quiso detenerlo en plena calle por vagabundo. Aquello generó tal escándalo que la gente se echó a las calles a protestar y la prensa cargó durante contra el cuerpo de policía, provocando que el mismo jefe de policía tuviera que pedir disculpas públicas. Desde entonces, a Norton I no le faltó protección.

En 1880, mientras se dirigía caminando hacia una conferencia científica, se desplomó en la calle muriendo en el acto.

En aquel momento, Norton I tan solo llevaba en su poder:
  • Un bastón.
  • Algunos papeles sin importancia.
  • Y unos pocos dólares.
Norton I, Emperador de los Estados Unidos y Protector de México, tuvo un funeral a la altura de las grandes celebridades de la historia con cerca de 10.000 personas acompañando el cortejo fúnebre.

Norton I pasó a la historia de San Francisco convertido en una leyenda que, en el momento en el que más falta hacían  voces críticas:

  • Cargó y criticó contra la corrupción política.
  • Denunció la incompetencia e inoperancia del Gobierno.
  • Defendió la convivencia entre religiones y abogó por la igualdad racial.
  • Anticipó soluciones urbanísticas que pocos años después, se llevarían a cabo.
Para muchos, la figura de Norton I cuestionaba el poder desde lo absurdo y lo imaginativo. 

Un ejemplo de libertad individual, sátira política y resistencia creativa frente al sistema; admirado e inspirador en la actualidad para los ciudadanos de una San Francisco que lo homenajean siempre que pueden, colocan placas conmemorativas en las calles y lo elevan a categoría de icono cultural. 


Una figura social que llegó a inspirar a autores de la talla de Mark Twain o Robert Louis Stevenson, que lo incluyeron en alguna de sus novelas. 

Norton I nos enseña que a veces el verdadero poder no reside en lo que vemos o pensamos, sino en la imaginación, la valentía y la capacidad de ganarse el corazón de la gente. Fue un hombre que tras perderlo todo, convirtió la excentricidad en legado y San Francisco en su imperio eterno. 

Su historia sigue inspirando a quienes creen que soñar y desafiar lo establecido puede cambiar la manera en que vemos el mundo.




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