El asesino de los estigmas

En una ciudad perdida en su propia decadencia, un misterioso asesino obsesionado con lo divino mantiene en jaque a la policía. ¿Qué pretende conseguir con sus crueles métodos, se detendrá en algún momento?

 



CAPÍTULO 1: El cuarto cadáver




Hacía semanas que apenas dormía más de tres horas seguidas. Cuando el teléfono sonó, no me despertó. Ya estaba despierto. Era el comisario Gorman que quería verme inmediatamente. 

Antes de salir miro la foto de mis dos hijas que tengo en el recibidor. La mayor sigue sonriendo tan feliz igual que el día en que la hicimos. La verdad es que no me hago al silencio que se respira en casa. Cierro la puerta antes de que me dé tiempo a arrepentirme.

Se ha encontrado un cuerpo tirado en un callejón con un clavo de hierro incrustado en el corazón. Otro asesinato más, el que hace número cuatro en el último año. 

Por el camino recorro algunas calles en la oscuridad de la noche. Allí donde antes la gente hacía vida nocturna, incluso a esas altas horas de la madrugada, desde hace meses cuesta ver alguien con la suficiente valentía para arriesgarse a salir. 

Una fina lluvia empapa el asfalto generando charcos que reflejan la luz de los neones encendidos en algunos negocios, así como el rojo y el verde de los semáforos que me voy encontrando a mi paso. El vapor que sale de las alcantarillas da la sensación de como si la ciudad ardiera en su interior. A un par de manzanas de mi destino, giro dejando atrás la iglesia de San Gabriel, debidamente iluminada y que recibe a esas horas de la noche a indigentes que buscan cobijo, así como algo de consuelo.

Soy detective de policía en esta decadente ciudad. Mi padre fue policía. Mi abuelo también. Nunca contemplé dedicarme a otra cosa.

Llego al lugar de los hechos. La zona está acordonada y hay infinidad de cámaras de televisión y curiosos intentando meter las narices. Después de abrirme paso, logro llegar hasta el comisario que me recibe con cara de pocos amigos y un vaso de café en la mano:

Comisario: Por fin llegas Hudson. Estoy hasta los huevos de comerme tus marrones delante de la prensa. Llevas un año detrás de este hijo de puta y seguimos igual.
D. Hudson: Lo siento comisario, he llegado en cuanto me lo comunicaron. ¿Qué tenemos esta vez?
Comisario: ¿Tu qué crees Hudson?, tiene toda la pinta de ser el maldito “asesino de los estigmas”. 

El asesino de los estigmas era el nombre que la prensa le había puesto. 

Un agente de policía que acompaña al comisario me informa sobre la víctima:

PolicíaVarón, cuarenta y cinco años, separado, sin antecedentes.

Mientras, de fondo se escucha gritar a un periodista:

Periodista: ¡Detective Hudson! ¿Vuelve el asesino de los estigmas a dejar en ridículo a todo el departamento? ¿Cree seguir preparado para atraparlo?

Hago que no he escuchado y sigo caminando.

Hasta donde he llegado a descubrir, nada cuadra con este asesino. No deja pistas, es muy meticuloso y su modus operandi es siempre el mismo. 

Intuimos que es una persona cuidadosa que parece no dejar nada al azar. Un solo asesino obsesionado con un mismo ritual, el de flagelar a sus víctimas para, finalmente, clavarles en el corazón un clavo de hierro tipo escarpia. Cada vez que veía aquel clavo no podía evitar pensar en una crucifixión.

Parece que una vez más volvemos a estar en el punto de partida y mi credibilidad como detective por los suelos. Pero algo nuevo surge en la autopsia del último cuerpo. El clavo que en los demás cuerpos había sido incrustado con firmeza, en esta ocasión mostraba algo extraño, según Morgan, nuestro jefe forense del departamento.

Morgan: Odio cuando llegan con agujeros nuevos… disculpa la broma.
D. Hudson: …

Morgan retira la lona que cubre el cuerpo, dejando al descubierto el clavo en el pecho y la sangre seca en la piel. Me muestra la espalda del cadáver destrozada y vuelve a cubrirlo.

Morgan: Esta es la marca del clavo que tiene el cadáver. En los demás cuerpos se apreciaba que entraba con firmeza, pero esta vez se nota que hubo cierta dificultad.
D. Hudson: ¿Puede que estuviera consciente y forcejeara con el asesino?
Morgan: No parece haber indicios de ello. Igual que las otras víctimas, esta fue reducida y sedada sin que pudiera reaccionar. Probablemente no estuviera atinado en ese momento o tuviera algún problema que le dificultara el proceso.
D. Hudson: ¿Iba colgado de algo?
Morgan: Eso no puedo determinarlo sin una muestra biológica. Aunque es la primera vez que no parece tan seguro matando o que algo le ha hecho modificar sus costumbres.
D. Hudson: Tampoco podemos descartar que algo haya cambiado...

En las demás ocasiones el asesino parecía no vacilar ni un instante. Igualmente una pregunta sigue retumbando en mi cabeza: ¿qué motivos tiene para castigar de esa forma a gente aparentemente inocente? 

Por primera vez en un año, tuve la sensación de que el asesino también podía equivocarse. La única forma de comprobarlo era esperar a que hubiera otra víctima.




CAPÍTULO 2: La primera grieta



Durante tres meses el teléfono no volvió a sonar de madrugada. Nadie en comisaría se atrevía a decirlo en voz alta, pero todos sabíamos que aquella calma era una mentira.

El asesino siempre se las ingenia demasiado bien… ni una sola cámara. Ni una sola imagen útil en un año.

Le pido a mi ayudante en la investigación, la joven detective Ingrid Brown, que recopile información de todas las empresas de seguridad que tengan cámaras por las zonas donde aparecieron los cuerpos. 

A su vez, el detective Samuel Vázquez visitará una serie de iglesias cercanas al amplio radio de acción del asesino. Su misión será la de interrogar a los feligreses, para averiguar si como sospechamos, puede tener algún tipo de relación. 

Yo me preparo para una incómoda reunión con el comisario y el fiscal del caso. Las presiones mediáticas y políticas que piden mi cabeza en la investigación, cada vez son más insoportables. Tanto es así, que el fiscal está por la labor de dejarme caer y vería con buenos ojos que los federales asuman la investigación. 

Fiscal: Un año, Hudson.
D. Hudson: Lo sé.
Fiscal: No, no lo sabe. Porque yo soy quien tiene que comparecer ante el alcalde.
D. Hudson: Necesito tiempo.
Fiscal: Se le ha acabado. Necesitamos resultados y sacar a ese loco de las calles. 

En ese instante suena el teléfono de Gorman. Mira la pantalla de su teléfono y su cara nos hace temer lo peor…: acaba de aparecer otra víctima en los muelles. 

Al llegar al lugar de los hechos, la lluvia parece acompañarme allá donde vaya y los medios de comunicación también:

Periodista: ¡Detective! ¡Detective! ¿A vuelto a actuar el asesino de los estigmas? ¿Realmente creen que los ciudadanos estamos seguros?

Dejo al comisario que atienda a esos buitres y me acerco hasta donde está el cuerpo. Un policía me pone al día:

D. Hudson: ¿Qué me he perdido agente?
Policía: Robert Miller, de 38 años, casado y con hijos. Trabajaba aquí en los astilleros. Presenta una herida profunda en el corazón, con diversas heridas en la espalda.
D. Hudson: Ya veo... otra vez lo mismo.
Policía: El forense aún está aquí, creo que debería ir a verlo.

Me acerco hasta donde se encuentra Morgan, que se ha improvisado un especie de tienda de campaña para refugiarse del agua:

D. Hudson: Veo que eres un tipo con recursos, todo un boy scout. Tienes algo para mí.
Morgan: Si no me las apaño yo mismo... La respuesta es sí, la tengo. Aún debo llevarme a nuestro amigo que llega con suculentas novedades al laboratorio para analizarlo en condiciones, pero aprecio varias incisiones hechas con un elemento punzante en el bazo.
D. Hudson: Vaya, eso sí que es nuevo.
Morgan: No quiero adelantar nada aún, pero a simple vista parece que opuso mucha resistencia antes de ser reducido, algo que no habíamos visto en las otras ocasiones.
D. Hudson:  Termina rápido aquí y que se lo lleven ¡ya!. Prioridad máxima Morgan. Llámame sin falta.
Morgan: Tu déjame hablar con nuestro amigo para ver que me cuenta.
D. Hudson: ….

La falta de resistencia de las víctimas hacía pensar en que fuera un hombre fuerte que lo tenía controlado todo. Ahora más que nunca parece que algo ha cambiado.

Una vez Morgan me llama, me desplazo hasta el laboratorio, donde me confirma lo que habíamos estado hablando en los astilleros:

Morgan: Dwyane, acércate y mira esto. 

Cuando Morgan descubre el cuerpo, en lo primero que me fijo es en las manos de la víctima, con signos claros de defensa. Están manchadas de sangre, arañazos y sus uñas parecen rotas… esta vez si luchó.

Morgan: Aquí tenemos las marcas de la espalda que más o menos siguen el mismo patrón. Y aquí la herida producida por el clavo, de nuevo es diferente a las otras víctimas.
D. Hudson: ¿Diferente, en qué sentido?
Morgan: Es como si hubiera titubeado a la hora de sujetarlo, hasta el punto de que si te fijas, no alcanza de lleno el corazón. Tan solo lo roza provocando una hemorragia igualmente mortal.
D. Hudson: Es muy extraño...
Morgan: Como te dije en el muelle, aquí tienes heridas de arma blanca a la altura del bazo, en concreto tres que pudieron provocarle incluso la muerte antes de lo del corazón. Debió perder mucha sangre.
D. Hudson: ¿Algo más?
Morgan: Sí y me alegra que lo preguntes. He encontrado algo bajo las uñas.

Eso me hace levantar la cabeza y mirar con sorpresa a Morgan.

Morgan: He extraído de las uñas de la víctima restos con lo que espero cotejar el ADN.
D. Hudson: ¡Buen trabajo! Cuando tengamos ese resultado del ADN, sabremos la identidad del sospechoso. Mantenme informado en todo momento.

Las noticias son buenas, pero, tras varios meses sin aparecer: ¿puede ser este un burdo imitador? Si así lo fuera, ya puedo rezar, porque dos asesinos seriales sueltos sería un gran problema.

En comisaria, Ingrid me informa de que a conseguido dos nombres de una de las empresas de seguridad de la zona, que pueden ser nuestro sospechoso.

Ingrid: Creo que tenemos algo.
D. Hudson: Ya nadie cree eso.
Ingrid: Yo sí. Tengo dos nombres. Uno es Thomas Larsson. Trabajaba como vigilante de seguridad en una pequeña empresa. Durante un tiempo estuvo al cargo del centro de control de cámaras que, precisamente, abarcaban su radio de acción. Fue despedido por acumulación de ausencias injustificadas en los tres o cuatro meses anteriores.
D. Hudson: ¿Qué hay del otro? 
Ingrid: Robert Harris, un tipo introvertido que lleva de baja varios meses a raíz de un accidente. El típico antisocial de libro que apenas tiene amigos.

Por su parte, Sam nos comunica que encontró a alguien que conoce a uno de esos dos sospechosos: Thomas Larsson. 

Samuel Vazquez: Ese tal Larsson es viudo, pero tiene un hijo de unos 20 años que se llama Jonas. Tanto el padre como el chaval son asiduos a las misas de los domingos o, al menos, lo era, porque igual que su padre hace unos meses que no se le veía el pelo. 
D. Hudson: esto encajaría con nuestra teoría.
Samuel Vazquez: Puede o simplemente se sentía culpable. Alguien lo vio rezando en la iglesia de San Gabriel, pocos días después de encontrar a nuestra cuarta víctima.

Parece que ahora sí, después de tanto tiempo las piezas empiezan a encajar.

D. Hudson: Bien, Thomas Larsson es nuestro hombre. 
Ingrid: ¿Estás seguro?
Samuel Vazquez: Apenas sabemos nada del otro nombre. Podríamos equivocarnos y eso sería cavar tu tumba… y ya de paso la nuestra.
D. Hudson: La clave es la iglesia de San Gabriel y su experiencia con las cámaras de seguridad. Es el mejor candidato que tenemos, además, creo que tanto el padre como el hijo tienen algo que ver con los asesinatos… y si me equivoco, el fiscal tendrá exactamente la excusa que necesita.

Tras la reunión con Ingrid y Sam, me quedo solo en mi despacho con las fotos de los dos sospechosos. Las miro durante unos eternos segundos, hasta que decido dar la vuelta a una, mientras una palabra se repite en mi cabeza: ojalá.

Después de un año persiguiendo fantasmas, por fin tenía un nombre: Thomas Larsson. Y había algo que se repetía en mi cabeza: los casos nunca se resuelven tan fácilmente.





CAPÍTULO 3: La herencia



Recibimos toda la información concerniente a la vida de los dos sospechosos, padre e hijo. Paralelamente, Ingrid consigue una orden de registro. Nadie parece querer demorar nada, el primero el alcalde, que necesita como el aire de una victoria política que le sirva electoralmente. Las encuestas no le favorecen desde que el asesino de los estigmas acecha. 

Aunque me encantaría terminar ya con toda esta pesadilla, prefiero esperar a la identificación del ADN. Esa es la prueba definitiva. Si sale negativa, todo lo que hagamos puede caer en saco roto.

He decidido montar vigilancia frente al domicilio de los sospechosos. Aparco mi coche cerca, pero bien camuflado entre el bullicio que hay a estas horas de la tarde en una calle transitada por aquellos que vuelven de un día duro de trabajo.

Miré el reloj por enésima vez. Un repartidor cerraba su furgoneta. Un matrimonio paseaba al perro. Una niña arrastraba una mochila demasiado grande para su espalda. Cuesta creer que un asesino en serie pueda esconderse entre una rutina tan corriente.

Cae la noche y Jonas, el hijo de Larsson, sale del apartamento. Parece algo nervioso mirando constantemente a todos lados intentando pasar desapercibido, como si creyera que lo están observando. Decido bajar del coche y seguirlo a distancia, temo que trame algo. 

El chico se mete en un callejón oscuro donde lo pierdo. Confundido por dónde puede haberse metido, escucho un ruido detrás de mí, me giro rápidamente y ahí está. Jonas se abalanza sobre mí forcejeando violentamente. Lleva en una mano un cuchillo que intenta clavarme. Magullado, dolorido y con el corazón a mil por hora, logro zafarme y sacar fuerzas suficientes para lanzarle dos buenos golpes en la cara, que lo tumban directamente en el suelo. Desenfundo mi arma y le apunto. Jonas, medio noqueado e intentando levantarse, me grita de forma amenazante:

Jonas Larsson: ¡Demonio! Has venido a detenerme, ¡no evitarás que cumpla con mi misión!
D. Hudson: Chaval, ¿de qué coño hablas?¿Sabes que estas metido en un buen lío?
Jonas Larsson: ¡Calla! Si acabo contigo el mundo será más limpio y seguro.
D. Hudson: ¡Mierda chaval no te levantes o dispararé! ¡No me obligues!

Jonas se levanta tambaleante y se echa la mano al interior del abrigo. Durante una décima de segundo dudo. Si lleva un arma, estoy muerto. Pero aprieto el gatillo y el disparo va directo al pecho.

Al caer al suelo corro para hacia él. Compruebo sus constantes, son lentas y parece que agoniza, lamentablemente el disparo es mortal de necesidad. Le cacheo y veo que lo que intentaba sacarse del bolsillo interior era un clavo de hierro envuelto en un rosario. 
Cojo mi teléfono del suelo, ya que con el forcejeo se me cayó del bolsillo y con prisas marco el número de Ingrid. 

D. Hudson: Ingrid, da la orden. Entramos ahora. Que Sam prepare al equipo especial y manda una ambulancia, el hijo ha muerto.
Ingrid: ¡Dios! ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
D. Hudson: Sí, eso creo… luego te cuento. Tú muévelo todo rápido, no podemos perder tiempo.
Ingrid: Enseguida estamos allí.

La ambulancia y todo el operativo no tardan en llegar, provocando que la gente se arremoline alrededor. El equipo especial empieza a tomar posiciones dirigidos por Sam. Ingrid también llega con la orden de registro en la mano y detrás de ella el fiscal, mirándome con cara de pocos amigos. 

Al subir llamamos a la puerta del apartamento, nadie contesta por lo que nos disponemos a tirarla a bajo. Tras derribar la puerta con un estilete, el pequeño apartamento se llena en segundos de agentes SWAT armados. 

Las cortinas están corridas, provocando que todo alrededor esté en una extraña oscuridad. Hay crucifijos en las paredes, estampitas en lugar de fotografías familiares y un intenso olor a incienso. 

Encontramos a Thomas Larsson en su habitación, parece enfermo y sin intención de oponer resistencia. Mientras los agentes le apuntan me acerco y le lanzo la orden encima de la cama.

D. Hudson: Thomas Larsson, esta es una orden de registro. Se le acusa de al menos seis asesinatos en el último año, ahora un compañero le leerá sus derechos mientras viene con nosotros.
Thomas Larsson: Detective Hudson, llegó exactamente el día que me dijeron.
D. Hudson: ¿Ellos? 
Thomas Larsson: Jonas ha fracasado en su misión. El chico no tuvo nunca la fuerza y entereza necesarias para hacer mí trabajo.
D. Hudson: ¿De qué habla maldito tarado?
Thomas Larsson: Veo lo que la gente hará, las cosas malas, ya sea más tarde o más temprano. Los ángeles me muestran aquello que todavía no ha ocurrido. A usted lo vi en la televisión el otro día en los muelles, fue cuando los ángeles del señor me mostraron la muerte de mi hijo a sus manos.
D. Hudson: ¡Cuéntasela al juez esa historia! o mejor aún, ¡a un puto loquero! Eres un asesino y pagarás por todo lo que has hecho.

Me marcho de ese apartamento con algo de ansiedad, pero con una sensación de alivio. Antes de bajar las escaleras, por las que no dejan de subir y bajar agentes de policía y SWAT, recibo la llamada de Morgan,  los resultados del ADN son positivos y coinciden con los de Jonas Larsson.

Al salir, veo al fiscal hablando con varios periodistas. Parece seguro y sacando pecho de una operación en la que no creía. 

Fiscal: Quiero felicitar al detective Hudson por su extraordinario trabajo.

Se percata de mi presencia y sin decir nada, noto en su mirada cierta rabia. Me doy la vuelta y me marcho del lugar.

Pasados unos días, Thomas Larsson no mostró el menor de los arrepentimientos, no dejando de sonreír durante la lectura de la sentencia: condenado a cadena perpetua. Pero al estar tan enfermo, la cumplirá en un hospital penitenciario. Larsson se marcha de su juicio gritando: 

Thomas Larsson: ¡Habéis cometido un gravísimo error!

El silencio del juzgado fue mucho más inquietante que sus palabras.

Ya han pasado unos meses en los que he recuperado cierta normalidad. Me esperan unas vacaciones pendientes y, quién sabe, si la oportunidad de recuperar a mi familia. 

Mientras recojo algunas cosas en comisaría, recibo una visita inesperada, es el abogado de Thomas Larsson. Me asegura que ese loco quiere una entrevista conmigo. Está en las últimas, pero quiere hablar conmigo antes de palmarla.

Al llegar a la habitación, veo a Larsson postrado en la cama y rodeado de máquinas. Me mira, sonríe y empieza ha hablar con la dificultad de alguien al que con cada aliento pierde un poco de vida:

Thomas Larsson: Le he pedido a mi abogado que le llame. Estoy muriéndome…
D. Hudson: Vaya al grano Larsson. ¿Qué cojones quiere de mí?
Thomas Larsson: Los ángeles me han encomendado una última tarea. Debo traspasarle a usted mi misión.
D. Hudson: Viejo inútil ¡Está loco! Por mí, puede diñarla aquí y ahora.

En un movimiento rápido, Larsson me agarra la mano con fuerza y con la mirada plena de odio y apretando fuerte los dientes me dice:

Thomas Larsson: Le guste o no, esta es una misión divina.
D. Hudson: ¡Suélteme! si no quiere que le haga pasar sus últimos momentos peor de lo que ya está.

Aquella noche, ya en mí apartamento mientras dormía, me desperté sobresaltado y empapado en sudor. 

Me miro la mano que Larsson me agarró con fuerza. Aún me duele. Por un momento, temí que Larsson estuviera diciendo la verdad, aunque no tardé en repetirme que aquello era tan solo un mal sueño. 

Miro el móvil y tengo un escueto mensaje de Ingrid de tan solo hace un par de minutos: Larsson acababa de morir. Sin saber muy bien por qué, hice algo que llevaba años sin hacer: recé.

FIN.



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