El Refugio: cuando la Guerra Civil llevó a cuatro jóvenes al horror

Esta historia tuvo lugar hace muchos años, cuando España vivió uno de los peores momentos de su historia. 


El sinsentido de una guerra entre iguales sumió a la nación en un caos y una pesadilla. Pero la auténtica pesadilla, por mucho que cueste creerlo, aún estaba por desatarse para cuatro jóvenes en busca de refugio.
 


Era una fría madrugada de invierno de enero de 1939. El mercurio había bajado tanto, que el mínimo roce con las hojas hacía saltar la escarcha que empapaba sus desgastadas y estropeadas ropas. 

Joan y Miquel eran hermanos, mientras que Emilio y Ricardo completaban el cuarteto de jóvenes y amigos de la infancia del mismo pueblo que, cuando todo se torció, decidieron alistarse en el bando republicano. 

Sus familias tuvieron que abandonarlo todo para intentar sobrevivir rumbo a la frontera con Francia. En cambio, los cuatro decidieron no huir y marcharon a pie hasta Barcelona, convencidos de poder ayudar en la mermada defensa de la ciudad. 

El viaje era duro, pero también muy peligroso. Ninguno conocía con exactitud si el enemigo les había ganado ventaja o no. 

Esa noche el cansancio y el frío les obligaron a detenerse a las puertas de un destartalado caserío en mitad del campo. Tras reconocer el terreno y asegurarse de que no había peligro, decidieron llamar a la puerta esperando a que los dueños les permitieran pasar la noche al calor del fuego. 

De las ventanas se podía observar luz y, de lo alto de la chimenea, el humo de un posible puchero emanaba ligeramente. Alrededor, una tierra de labranza aparentemente olvidada daba a entender que posiblemente llevaba tiempo sin mucha actividad. 

Una anciana entreabrió la puerta, temerosa, y tras escuchar sus explicaciones les dejó entrar entre una extraña mezcla de amabilidad y ternura para con unos extraños. La mujer se encontraba sola en aquel momento. Les dijo que su marido había salido por la mañana en busca de provisiones, mientras que su único hijo se había marchado hacía meses. 

La mujer les dejó calentarse al fuego, cambiarse de ropa y cenar un plato caliente, mostrándose en todo momento cariñosa y servicial, como una abuela recibiendo la visita de sus nietos. 

Antes de marcharse a dormir, la anciana quiso poner tan solo una regla que debían respetar si querían pasar la noche allí. Debían comprometerse a no merodear por la casa y, bajo ninguna circunstancia, bajar al sótano

Sin más explicación, que los cuatro tampoco buscaron, aceptaron las condiciones sin dudar. Estaban demasiado cansados y lo único que querían era pasar la noche a salvo en aquel lugar para retomar su camino al alba. 

En mitad de la noche algo les despertó. Fuera de la casa una fuerte tormenta se había desatado. Un rayo cayó muy cerca de allí, iluminando el lugar y haciendo retumbar los cristales de las ventanas. Las gotas de lluvia se escuchaban por todas partes, entremezcladas con el silencio de un hogar que dormía. 

Tras unos segundos, un fuerte grito les erizó el vello del cuerpo. Ninguno tenía claro de dónde provenía, si del interior o del exterior. Nada se atisbaba por las ventanas, por lo que se armaron y prepararon para hacer frente a cualquier amenaza. 

De nuevo, y tras unos momentos de quietud en los que ninguno sabía bien cómo reaccionar, escucharon un leve lamento que llegaba de la planta de arriba. Joan se acercó a las escaleras, pero a cada segundo que pasaba aquellos lamentos parecían hacerse sentir en cualquier lugar de la casa. Armado de valor, decidió subir para inspeccionar. 

Es muy mayor y parece haber sufrido mucho. Eso o le ha sentado mal la cena. Voy a ver

Aquello hizo esbozar una sonrisa en los demás. Mientras subía, su hermano Miquel ocupó el lugar al pie de las escaleras. 

Otro rayo cayó y su atronador estruendo hizo encogerse a los jóvenes. En medio de aquel rugido de la naturaleza, Miquel aseguró haber escuchado un golpe fuerte en la planta de arriba. Los nervios estaban cada vez más a flor de piel y el desconcierto imperaba en aquel pequeño espacio. 

Los jóvenes recorrían la casa mirando por las ventanas entre las cortinas y comprobando una y otra vez que puertas y ventanas siguieran bien cerradas. 

Un tercer rayo cayó aún más cerca que el anterior. La luz que provocó lo iluminó todo, generando sombras alargadas de cualquier objeto. Sin apenas tiempo para recuperarse del calambre que aún les recorría el cuerpo, Emilio gritó sobresaltado: 

¡Nos bombardean! ¡Nos bombardean! 

Los tres se apresuraron a mirar por las ventanas. Creían ver sombras de todo tipo alrededor de la casa. Ricardo, consciente de que allí estaban completamente expuestos, gritó que lo único que les quedaba era esconderse en algún recoveco del sótano, atrincherados, a la espera de que no les encontraran. Emilio corrió hasta la puerta que daba a las escaleras que bajaban al sótano, pero Miquel aún seguía preocupado por Joan. 

Jo no baixo sense el meu germà! —gritó— (¡Yo no bajo sin mi hermano!)

Agarrando su fusil con fuerza, Miquel subió a la planta de arriba saltando los escalones de dos en dos. Al salir de las escaleras sintió una extraña sensación de tranquilidad. La tormenta parecía no escucharse; de hecho, la ventana del fondo del pasillo parecía completamente seca. 

Confundido, Miquel escuchó pasos en la oscuridad del pasillo y el sonido de una puerta al cerrarse. Tras llamar a Joan repetidas veces sin respuesta, decidió abrir todas las puertas que fue encontrándose a su paso. Con cada puerta que abría encontraba habitaciones aparentemente abandonadas y polvorientas. Pero cuando llegó a la de la anciana y abrió la puerta, la tenue luz de una vela junto a la cama iluminaba una pequeña parte de aquella habitación. 

La cama estaba impoluta y perfectamente arreglada. Al darse la vuelta, un viejo tocador con un gran espejo le devolvió un reflejo que no era el suyo. Su hermano Joan golpeaba desesperadamente el cristal desde el otro lado. Sus puños chocaban contra el espejo sin producir sonido alguno ni hacerlo vibrar. Su rostro era el de alguien aterrado, buscando desesperadamente una salida, mientras las lágrimas le caían por las mejillas. 

Miquel quedó paralizado mientras leía en sus labios: 

¡Ayúdame! 

Instintivamente levantó la mano y la apoyó sobre el cristal. Al otro lado, Joan hizo exactamente lo mismo. Sus palmas quedaron enfrentadas, separadas únicamente por la superficie del espejo, sin llegar jamás a tocarse. 

Fue entonces, y sin apenas posibilidad de reacción, cuando por detrás de Joan asomó el rostro de aquella anciana. Tenía el pelo suelto, enmarañado y cubriéndole parte de la cara. Con una mano delgada, de largas uñas amarillentas, le sujetó el cuello mientras, con la otra, hacía deslizar lentamente la hoja de un cuchillo sobre su garganta. Una sonrisa imposible se dibujó en su terrorífico rostro mientras la sangre comenzaba a brotar.

La sangre brotaba atravesando el mismísimo espejo y salpicando a Miquel, que dio unos pasos atrás, tropezó y cayó al suelo. Al mirar de nuevo hacia el cristal, nada extraño parecía reflejarse. Con su fusil fuertemente aferrado al cuerpo, salió de la habitación arrastrándose prácticamente hasta las escaleras, las cuales bajó rodando hasta golpearse contra la pared de la planta baja.

Al verlo caer, Emilio corrió hacia él preguntando por Joan, pero el atronador estruendo de la tormenta se hacía notar en un ambiente cada vez más angustioso.

Miquel se levantó como alma lleva el diablo, agarró a Emilio y, de nuevo, casi cayéndose por las escaleras que daban al sótano, cerró la puerta de un portazo. Ricardo, que ya se encontraba abajo, no entendía lo que estaba pasando. Cargado de nervios, Miquel les explicó precipitadamente lo que había vivido allí arriba.

Sin tiempo de entender nada de lo que les explicaba, Ricardo y Emilio iluminaron el lugar, percatándose de que en aquel sótano algo no marchaba bien.

Las paredes del sótano estaban repletas de símbolos y grabados extraños. Charcos oscuros y secos cubrían el suelo, mientras que del techo colgaban diferentes objetos hechos con ramas secas que tampoco lograban entender. Y, sobre una mesa de madera junto a una pared, un cuerpo inerte reposaba inmóvil.

El silencio inundaba aquel sótano, solo empañado por el sonido de un goteo constante y un olor fuerte que se les metía en la boca y les dejaba un extraño sabor a metal. Casi arrastrando los pies, con el cuerpo completamente agarrotado por lo que ya no podían negar que era miedo, se acercaron a la mesa, descubriendo el cuerpo de un hombre mayor decapitado, del que la sangre brotaba espesa y caliente.

A su alrededor, los tres tropezaban con huesos que, en algunos casos, las ratas aún roían. Los tres jóvenes entraron en pánico apuntando con sus fusiles en todas direcciones. Entonces, desde una de las esquinas de aquel húmedo y oscuro sótano, lo que parecía ser el espectro de Joan, con la cabeza apenas colgando de un costado, se abalanzó sobre ellos emitiendo un grito premonitorio:

¡HUID DE AQUÍ!

Aquello retumbó hasta lo más profundo de sus propias almas, más aún que cualquier estallido de bomba.

Sin saber cómo, los tres encontraron una estrecha escalera que daba a una trampilla que conducía al exterior del caserío.

Los tres salieron a la carrera presa del pánico, sin reparar en que en el exterior brillaba el sol y los pájaros cantaban alegremente.

Corrieron y corrieron hasta el bosque tanto como las piernas y sus corazones acelerados les permitieron correr, sin mirar atrás.

Tras aquel suceso, apenas nada más se supo de ellos. Dicen que, tras huir del lugar, terminaron encontrándose con una familia de campesinos, los cuales, después de escuchar su aterradora vivencia, les hablaron de que aquella casa llevaba décadas abandonada.

Les contaron el rumor de la mujer que había habitado aquella casa. Decían que era sospechosa de practicar brujería y de acoger a incautos y cansados viajeros que ya nunca volvían a salir de allí.

Algunos cuentan que los tres jóvenes supervivientes decidieron abandonar la lucha y huyeron para reunirse con sus familiares en el exilio, decididos a olvidar. Otros aseguran que murieron intentando liberar Barcelona de los fascistas.

Lo cierto es que quienes han paseado sobre las ruinas de aquel caserío dicen que allí se respira un ambiente pesado y extraño. Y que, según por dónde camines entre los restos de la antigua finca, el tiempo parece cambiar mientras un leve lamento se escucha, empujado por el viento que recorre el lugar.

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