Sue: la increíble historia del Tyrannosaurus rex más famoso del mundo

El Tyrannosaurus rex es, para muchos, el auténtico rey de los dinosaurios. Han pasado más de 66 millones de años desde su desaparición y, aun así, sigue siendo el primero que nos viene a la cabeza cuando pensamos en aquellos gigantes que dominaron la Tierra. Hubo dinosaurios más largos, más pesados e incluso más extraños, pero pocos han despertado tanta fascinación como este colosal depredador del Cretácico Superior.

Gran parte de lo que hoy sabemos sobre él se lo debemos a Sue, uno de los fósiles de Tyrannosaurus rex más completos y mejor conservados jamás descubiertos. El extraordinario estado de conservación de sus restos permitió a los paleontólogos responder preguntas que durante décadas solo habían podido plantearse, desde cómo crecía y envejecía un T-Rex hasta las enfermedades y lesiones que era capaz de soportar.

Pero Sue es mucho más que un fósil excepcional. Es la historia de un animal que sobrevivió durante décadas a fracturas, infecciones y enfermedades degenerativas; la historia de un descubrimiento casual que revolucionó la paleontología; y también la de una batalla judicial que estuvo a punto de privar a la ciencia de uno de sus hallazgos más importantes.

Curiosamente, la historia de Sue no comenzó hace 67 millones de años, sino el 12 de agosto de 1990, cuando el pinchazo de un neumático cambió para siempre la historia de la paleontología.


El descubrimiento de Sue: un pinchazo que cambió la paleontología

Fue el 12 de agosto de 1990 cuando un equipo del Black Hills Institute of Geological Research, una institución estadounidense dedicada a la búsqueda y preparación de fósiles, llevaba varios días explorando el afloramiento de Hell Creek Formation.

Tras llegar al final de su expedición y cuando ya se disponían a marcharse, uno de sus vehículos sufrió un pinchazo. Mientras varios miembros del equipo trabajaban para cambiar la rueda, la paleontóloga Susan Hendrickson decidió aprovechar el tiempo y acercarse a un pequeño acantilado para echar un último vistazo.

Susan, que tenía fama de poseer un extraordinario ojo para reconocer pequeños fragmentos de hueso en el terreno, estaba a punto de protagonizar uno de los hallazgos más importantes de la paleontología contemporánea.

Asomando entre la tierra, Susan distinguió un fragmento de hueso. A partir de ese momento, la expedición comenzó una excavación que acabaría sacando a la luz uno de los fósiles de T-Rex más completos de la historia, al que bautizaron con el nombre de Sue.


El hallazgo se produjo mientras la expedición recorría un rancho de Dakota del Sur. Al tratarse de una propiedad privada, el equipo del Black Hills Institute negoció con su propietario, Maurice Williams, al que terminó pagando 5.000 dólares por el derecho a extraer el fósil. Sin embargo, aquel acuerdo solo fue el comienzo de un problema legal que se prolongaría durante años y que planteó uno de los mayores dilemas de la historia de la paleontología.

El terreno donde apareció Sue pertenecía parcialmente a la nación sioux, ya que estaba bajo un régimen de fideicomiso administrado por el Gobierno federal de Estados Unidos. Esto significaba que cualquier venta o cesión de derechos sobre bienes hallados en ese terreno requería permisos especiales, de los que el Black Hills Institute carecía cuando realizó el pago de los 5.000 dólares.

En 1992, agentes del FBI, acompañados por efectivos de la Guardia Nacional, irrumpieron en las instalaciones del Black Hills Institute e incautaron los restos del T-Rex, además de documentación y materiales relacionados con la investigación.

A partir de ese momento, los restos de Sue quedaron inmersos en un largo litigio en el que debía resolverse quién era su propietario legal. Los principales implicados eran:

  • Maurice Williams, propietario del rancho.
  • Black Hills Institute of Geological Research, responsable del descubrimiento y la excavación.
  • El Gobierno Federal de Estados Unidos.
  • Las autoridades de la reserva sioux.

Tras varios años de disputas judiciales, el juez determinó que Maurice Williams era el único propietario legal del fósil y, por tanto, tenía derecho a venderlo a quien considerase oportuno.

En 1997, la casa de subastas Sotheby's organizó una puja que despertó una enorme inquietud entre la comunidad científica. Existía un temor real a que un coleccionista privado adquiriera Sue y el fósil desapareciera del ámbito público, limitando enormemente su estudio y su conservación.

Finalmente, el Field Museum de Chicago consiguió reunir el dinero necesario gracias al apoyo de diversas entidades y empresas, entre ellas McDonald's y Disney, que contribuyeron económicamente a una puja histórica. El museo logró adquirir Sue por 8,36 millones de dólares.

Todo ello abrió un intenso debate en la comunidad científica, ya que un fósil de un valor incalculable desde el punto de vista histórico y paleontológico pasaba a convertirse también en un activo económico multimillonario.

Pero aquella fue la última gran aventura de Sue. Porque, mucho antes de convertirse en el fósil de dinosaurio más famoso del mundo, sus huesos ya contaban una historia mucho más dramática: la de un depredador que sobrevivió durante décadas a lesiones, enfermedades y un desgaste físico extraordinario.

Las cicatrices de Sue: una vida marcada por el dolor

Los fósiles de Sue permitieron descubrir que el animal había soportado un auténtico calvario físico a lo largo de su vida. Sus huesos conservaban las huellas de numerosas lesiones y enfermedades, muchas de ellas completamente cicatrizadas, lo que demuestra que consiguió sobrevivir durante años a heridas que, en muchos casos, podrían haber resultado mortales.

  • Tres costillas fracturadas. Sue sufrió la fractura de tres costillas en el lado izquierdo del tórax, unas lesiones que debieron producirse meses o incluso años antes de su muerte. Los paleontólogos creen que pudieron deberse a un enfrentamiento con otro Tyrannosaurus rex, al ataque de una presa o, aunque resulta menos probable, a una caída. Lo más sorprendente es que las fracturas cicatrizaron correctamente, demostrando que el animal logró sobrevivir durante bastante tiempo después del accidente.

  • Una importante lesión en el brazo derecho. Los investigadores descubrieron una alteración en la inserción donde se unían músculos y tendones del brazo derecho. Esta lesión pudo deberse a un fuerte desgarro de ligamentos, una arrancadura muscular o una lesión provocada por un sobreesfuerzo. Al igual que ocurrió con las costillas, la herida cicatrizó, permitiendo a Sue seguir utilizando la extremidad.

  • Una grave infección en la pierna izquierda. Los huesos de esa extremidad presentaban claros signos de osteomielitis, una dolorosa infección del hueso. Su origen pudo estar en una herida abierta, una mordedura, una pequeña fractura o una infección bacteriana. Los especialistas concluyeron que Sue convivió durante bastante tiempo con esta afección.

  • Artritis en la cola. Las vértebras caudales mostraban un acusado desgaste e incluso varias de ellas habían comenzado a fusionarse. Todo apunta a que padecía una artritis degenerativa que le provocaba dolor crónico y reducía considerablemente la movilidad de la cola, una parte esencial para mantener el equilibrio y realizar movimientos rápidos.

  • Enfermedad de la gota. Los investigadores también encontraron indicios compatibles con esta enfermedad en las extremidades anteriores. De ser así, Sue habría sufrido intensos dolores al mover sus pequeños brazos, especialmente durante los últimos años de su vida.

  • Los misteriosos agujeros de la mandíbula. Se trata de la lesión más famosa de Sue. Algunos de estos orificios alcanzan el tamaño de una pelota de golf. Durante años se pensó que podían haber sido causados por mordeduras de otro T-Rex o por una infección similar a la tricomoniasis que afecta a algunas aves actuales. Sin embargo, en 2022 el Field Museum descartó las principales hipótesis existentes y, a día de hoy, el origen de estas lesiones continúa siendo un auténtico misterio. Lo que parece indudable es que debieron de causarle un dolor considerable.

  • Uno de los Tyrannosaurus Rex más longevos conocidos. Otra de las grandes revelaciones que ofrecieron los estudios sobre Sue fue su edad. En el momento de su muerte tenía aproximadamente 33 años, lo que la convierte en uno de los Tyrannosaurus rex más viejos conocidos hasta la fecha. Esa avanzada edad explicaría buena parte de las enfermedades degenerativas y del desgaste físico que reflejan sus huesos.


Lejos de mostrar a un depredador invencible, los restos de Sue revelan la historia de un animal extraordinariamente resistente. Pese a las fracturas, infecciones y enfermedades que sufrió a lo largo de su vida, consiguió sobrevivir durante años. No es de extrañar que muchos de los paleontólogos que la han estudiado la describan como un auténtico superviviente.

El legado de Sue


Más de 67 millones de años después de su muerte, Sue sigue ayudando a los científicos a comprender mejor al Tyrannosaurus rex. Sus huesos no solo revelaron cómo era uno de los mayores depredadores que han existido, sino también cómo luchó por sobrevivir a fracturas, enfermedades y el paso del tiempo. Quizá esa sea la mayor paradoja de Sue: murió hace millones de años, pero fue precisamente su muerte la que la convirtió en una de las mayores protagonistas de la historia de la paleontología.




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