La niebla mortal de Barcelona: huir era solo el principio (Parte.1)
En pleno verano en Barcelona, una extraña niebla comienza a expandirse sin explicación, desatando el pánico en cuestión de minutos. Adrián logra huir del caos… pero cuanto más se aleja, más evidente resulta que algo no encaja. Porque cuando la realidad se quiebra, el verdadero peligro puede estar mucho más cerca de lo que imagina.
Tras recorrer la calle Aragón, llegó hasta la calle Tarragona, que conectaba con la conocida plaza de España. El semáforo que daba paso a la enorme rotonda estaba en rojo cuando Adrián se percató de algo extraño a lo lejos.
La gente parecía bajar desde lo alto de la fuente de Montjuïc, cruzando las torres venecianas que daban acceso a la Fira de Barcelona, aproximadamente desde donde él se encontraba.
La curiosidad le hizo incorporarse un poco en el asiento. Entonces lo vio: desde la montaña descendía, lenta pero constante, una espesa niebla que lo cubría todo a su paso.
En cuestión de segundos, aquella masa de gente llegó hasta él, dispersándose en todas direcciones. Algunos abandonaban los coches, otros gritaban sin mirar atrás. Adrián no dudó más. Agarró la mochila, el móvil y salió corriendo.
La cantidad de gente le impedía retroceder, así que se dejó arrastrar. Cruzó plaza de España y tomó la segunda salida hacia la Gran Vía, corriendo unos metros en medio de un caos absoluto. Al mirar atrás, vio cómo la niebla engullía todo sin detenerse.
Cuando el aire empezó a faltarle, distinguió una carnicería con la persiana a medio bajar. Un hombre con gafas gruesas y delantal blanco asomaba la cabeza. Adrián se abrió paso a empujones y se metió dentro, arrastrando al hombre con él. Justo antes de cerrar, una chica irrumpió llorando.
Echó el pestillo. Luego cayó de espaldas, jadeando. El corazón le golpeaba el pecho.
El hombre seguía de pie, mirándolo sin decir nada. Tenía el delantal salpicado de sangre. No parecía sorprendido… más bien molesto.
Se ajustó las gafas con un gesto lento, demasiado lento.
La chica lloraba en una esquina, encogida. Afuera, los gritos iban apagándose a medida que la niebla lo cubría todo.
—¿Quiénes sois? —preguntó el hombre al fin, con voz seca—. ¿Qué pasa ahí fuera? Mi mujer está arriba…
—Lo siento… —dijo Adrián, aún sin aliento—. No había opción.
—Esta es mi carnicería —respondió aquel hombre, sin moverse.
Hubo un silencio incómodo.
—La gente no huye así porque sí —añadió Adrián—. Algo está pasando.
—Ya… —murmuró—. Supongo.
Se llevó la mano al delantal y la frotó distraídamente, como si limpiara algo que no estaba ahí.
—Soy Miguel.
Adrián asintió.
Mientras hablaban, Miguel miraba sin siquiera parpadear el exterior, aunque no había nada que ver porque la niebla lo había invadido todo.
Adrián explicó lo poco que sabía. Niebla. Gente muriendo. Nada claro. Tal vez un accidente, tal vez algo peor.
—Me llamo Bea… —dijo la chica entre sollozos—. Salía del gimnasio…
No terminó la frase.
Adrián intentó calmarla, pero enseguida pensó en su familia. Llamó a su suegra: todos estaban bien, a salvo en casa. La niebla había llegado justo cuando sus padres recogían a los niños.
Después llamó a su hermano.
—¿Estás bien?
—Sí… esto es una locura.
—Aquí igual. La gente… —su voz tembló—. Caían.
Hablaron poco más. No hacía falta.
Mientras tanto, Miguel había posado una mano en el hombro de Bea. Demasiado firme.
—Ven —le dijo en voz baja—. Te sentará mejor detrás.
La condujo a la trastienda.
Continuará…

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